Tuesday, July 15, 2014

Escribir con propósito



Durante los sesenta William Gaddis (1922-1988) ofreció sus servicios a instituciones como el ejército norteamericano y compañías como IBM y Kodak para realizar guiones y textos de divulgación. En la primera edición del panfleto educativo The Growth of American Industry, pagado por la Asociación Nacional de Manufactura, Gaddis planteó el siguiente escenario: «Imagina que conocieras a un marciano que se negara a aceptar algo sólo porque sí y necesitara que se describiera y explicara todo». ¿Cómo explicarle lo que hace a los EEUU tan atractivo para millones de inmigrantes? No es la extensión territorial, la cantidad de ciudadanos viviendo allí, los recursos naturales ni el tipo de gobierno. No, Gaddis explica, lo que hace a los EEUU un país distinto del resto es la supuesta «libertad y la oportunidad, por ley, que experimenta el pueblo para hacer lo que quiera con su vida».

Es imposible no leer, incluso en estos trabajos escritos por encargo (realizados a la sombra de la pésima recepción que tuvo la excelente Los reconocimientos en 1955, arrojando a Gaddis a dos décadas de incomprensión y a un resentimiento justificado) el filo paródico que resonará en la ética de trabajo de J.R. Vansant, uno de los personajes más visibles de Jota Erre (1975). Pues, obviamente, no hay explicación real para que un ciudadano norteamericano crea que la ley lo protege para hacer lo que se le plazca o para que aproveche todas las oportunidades que se le presentan (en el panfleto educativo Gaddis no ofrece una explicación que pudiera ser satisfactoria para el marciano, sólo sugiere que se lea la Declaración de independencia y la Constitución, que define como textos políticos aunque los trata –no sin ironía– como textos sagrados).

J.R. Vansant, tras una visita escolar a Wall Street (sólo tiene once años) compra acciones basura y emprende una carrera de artimañas bursátiles (finge la voz por el teléfono) que resulta en un imperio financiero cuyo alcance nunca es apreciado en su totalidad. Cuando Edward Bast, un profesor y músico que ha entrado en el torbellino financiero de Jota Erre por accidente, le pide que se detenga (tras haber arruinado la vida de miles de trabajadores, incluyendo a Bast), el niño contesta: «¡No, pero es lo que se hace! O sea, lo que decían, ya que jugamos el partido, juguemos a ganar, pero, o sea, ¡pero incluso aunque ganes tienes que seguir jugando! Como los corredores de bolsa esos, los bancos esos, cualquier cosa que hagas, alguien se lleva un porcentaje para ellos, una comisión, unos intereses, que todos se conocen entre ellos, así que arreglan las cosas dándote unos consejos, que ellos son unos expertos importantes, ¡cómo voy a parar yo eso!». Lo perverso, por supuesto, es que todas las actividades de Jota Erre (pasando por alto su minoría de edad) son aprobadas por la ley: tiene conciencia plena de que en los EEUU no es necesario infringir la ley para robar, que puede hacerse si uno se apega a su letra (que no a su espíritu).

La novela, que en la edición de Dalkey Archive alcanza las 745 páginas –en la traducción de Mariano Peyrou son mil 133, gracias al amable diseño de caja de Sexto Piso– está conformada –a excepción de algunos breves párrafos que funcionan como "transiciones" entre escenas– por diálogos de múltiples personajes, que rara vez son identificados por su nombre: el lector es arrojado a un torrente de voces desagradablemente informativas que sólo añaden elementos al caos (ocasionalmente, también se incluyen recortes de periódico, dibujos y garabatos ilegibles). Este ritmo odioso y salvaje, de contenidos neuróticos y racistas, volverá en la voz de Paul Booth, cuando lidia con los problemas que le supone ser el publirrelacionista de un político cristiano, en la novela breve Gótico carpintero (1985).

Jota Erre no es el personaje más interesante de la novela sino Jack Gibbs, un músico que, a diferencia de Bast y Jota Erre, sabe qué hacer (escribir música) y por qué vale la pena hacerlo (el arco de su historia recuerda al de Wyatt Gwyon, en Los reconocimientos). Gibbs, además, trabaja en un libro sobre la historia de la pianola y volverá como el narrador agonizante de la póstuma Ágape se paga, de 2002. El personaje sirve para continuar con la reflexión iniciada por Gaddis en Los reconocimientos, a propósito del inestable lugar que ocupa el artista en una era industrializada. Pero si en su primera novela la pregunta era por la relación que tenía el artista con la reproducción (y con el dinero), en Jota Erre la cuestión es, sencillamente, por qué hacer algo (tanto Bast como Gibbs, en algún momento, dejarán de escribir música para fungir, accidentalmente o no, como agentes financieros de Jota Erre: Bast representará la figura del artista que odia el trabajo asalariado y Gibbs al artista que se sumerge en un tema porque le apasiona, le parece divertido o considera necesario alterarlo). Varias de las ideas esbozadas en Jota Erre pueden leerse condensadas en el ensayo que le da título a un volumen póstumo, editado por Joseph Tabbi, donde se compilan ensayos y «escritos ocasionales» de Gaddis: "The Rush for Second Place". Ahí Gaddis reflexiona sobre el fracaso en la literatura norteamericana (apoyándose en textos como La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber) y el lugar que tiene esta disciplina «en una sociedad que ofrece tantas oportunidades para hacer tantas cosas que no vale la pena hacer».

Esta reseña de Jota Erre de William Gaddis se publicó originalmente en La Tempestad 96, mayo-junio de 2014.

Thursday, June 12, 2014

La coda eterna

Ahora en Icónica puede leerse un breve comentario que escribí hace unos días sobre X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014). Al margen anoté algo sobre Al filo del mañana (Doug Liman, 2014), un filme de acción/ciencia ficción que apenas vi anoche. Confirmé tres cosas: que, de alguna forma, ya había visto esa película; que la idea del eterno retorno lejos de poseer una amenaza trágica ahora tiene un halo de oportunidad (parecido al que ofrece la mayoría de los videojuegos); y que si el público insiste en ver cintas de ese tipo es porque está más interesado en un visionado saturado de "escenas de acción" que en una trama (el cinéfilo, en ese sentido, se parece cada vez más al espectador de una "justa deportiva", donde el argumento apenas es un comentario sobre la acción).

Los aspectos más interesantes de Al filo del mañana se agotan en el primer acto: un publicista es condenado a ser un soldado por una máquina de guerra que prefiere depositar su confianza en los medios antes que en la ciencia (el protagonista –interpretado por Tom Cruise– tiene su espejo, de poco brillo, en un científico –interpretado por Noah Taylor– condenado a trabajar en secreto, en un sótano).

La cinta ofrece algunas referencias culteranas, no sólo al desembarco de Normandía, sino a figuras femeninas de la cristiandad, como Juana de Arco o a Rita de Casia (Rita –interpretada por Emily Blunt– no sólo es un homenaje a la Rita de Groundhog Day –1993– sino a la santa católica, vinculada con la rosa que florece incluso en invierno –el segundo nombre de Rita es Rose–).

No se puede decir mucho más sobre la película ("los efectos están padres") excepto que finalmente sí nos ofrece las amarguras auténticas del eterno retorno: una vez más, vemos a espectadores que se auto-obligan a asistir cada verano a los cines y pagar sumas idiotas por palomitas, refrescos y filmes sin importancia; a los que una máquina de publicidad busca persuadir de que una cinta en 2D es "convencional" (a diferencia del carísimo 3D o el inmoral 4DX). La condena sigue: la próxima semana se estrena Trascendence (Wally Pfister, 2014). Se ve buena.  

Monday, June 09, 2014

Todo igual

Ignoremos la taquilla, el esfuerzo por la compañía Disney para sacarle más dinero a sus viejas propiedades o el triste espectáculo generado por computadora –derivado, se ha dicho ya incontables veces, de Avatar– al que nos somete Maleficient (2014, Robert Stromberg). En cambio, atendamos esto: parece un filme hecho a la medida para un mundo nuevo, donde ya no se necesitan hombres.

Así, en lugar de una fábula, tenemos una especie de filme revisionista con perspectiva feminista donde la bella durmiente no duerme (la mayor parte del filme, en cambio, es el bello príncipe quien soporta el sueño de los justos) y el auténtico villano es el Rey, pero no por someter a sus súbditos –eso se espera de la realeza– sino por desatender a su esposa (quien sólo aparece en pantalla durante una escena). El Rey, en esta versión, es un cobarde que usa cualquier pretexto para emprender la guerra. Su imaginación limitada sólo le permite proteger a su hija encerrándola o alejándola.

No importa: una figura femenina y poderosa (interpretada por Angelina Jolie) está ahí para protegerla. Hay un punto de quiebre traumático en esta versión: el beso que despertará a la Bella Durmiente del encanto no lo otorga el príncipe (resulta poco efectivo y su amor no es verdadero). Entonces se nos obliga a ver que el auténtico amor sólo existe entre una madre y su hija (en este nuevo mundo de Disney, se nos hace olvidar que, como cuenta San Agustín en La ciudad de Dios, hubo madres que, ante el hambre y la desesperación, se alimentaron, como Cronos, de sus retoños).

En este nuevo universo, el hombre verdadero, el compañero ideal, no es un hombre auténtico, sino un cuervo condenado a adoptar todas las formas que le exija la poderosa mujer: un hombre con opiniones, claro, pero también un eficiente caballo, un fiel lobo o un peligroso dragón, todos mudos.

Pero el filme no es, en última instancia, feminista. Y el mundo que propone, tampoco es nuevo. La bella no duerme aquí porque no es auténticamente bella (en el original, la bella duerme porque representa a lo joven que, al despertar, cobra conciencia del futuro que representa). Como la Ripley de Aliens (1986, James Cameron) la heroína de este filme no sólo debe ser una madre postiza sino portar un emblema fálico. Si Ripley debía cuidar a Newt y manipular rifles y lanzallamas, Maléfica debe portar báculo y cuernos. Nada, así, cambia: se ha derribado a un rey para obtener una nueva reina de un viejo mundo que permanece dormido.

Thursday, May 15, 2014

El turista cultural

En el capítulo "Librerías fatalmente políticas", de su ensayo Librerías, Jorge Carrión (Tarragona, España, 1976) se indigna porque una guía Lonely Planet no hace mención del genocidio armenio en Turquía oriental. Es una indignación extraña, parecida a la de aquel que se escandaliza porque en una película de Disney (digamos, Los tres caballeros) no se percibe profundidad política. Es, también, el único momento en que Carrión parece mostrar distancia con la industria del turismo (de hecho, se asume como un «turista cultural»). En "Libros y librerías del fin del mundo", por ejemplo, leemos: «Los capuchinos que sirven en Melbourne y su empeñada persistencia de la hora del té, el cultivo de vinos excelentes y las casetas de baño de sus playas, la vida en la calle y las restauradas Arcades: todo puede leerse como un vaivén entre un estilo de vida mediterráneo, europeo, si quiere internacional, y cierta resistencia a abandonar el pasado colonial británico, la herencia de la Commonwealth». El ensayo está salpicado de anécdotas que exotizan países como Uruguay y Marruecos o ciudades como Sídney (¡Sídney!), y colocan constantemente a Carrión como un turista europeo que viaja con iPad (en una aduana de Venezuela, tras olisquear sus libros en busca de cocaína, un soldado le pregunta cuánto cuesta el aparatito) y se decepciona al descubrir que una librería en Tánger sólo vende títulos escritos en árabe. «En un establecimiento de antigüedades pekinés volví a incurrir –memorablemente– en la práctica del regateo», nos cuenta el trotamundos.

El volumen no carece de ideas, y con ellas se pretende enmascarar el hecho de que se trata de un libro de viajes. O mejor dicho: de turismo. El centro de su argumentación es que el fetichismo que acompaña a las librerías (y a los libros vistos como mercancía) «trasciende el clásico de la teoría marxista». Carrión en cambio ve a la librería «como templo donde se albergan ídolos, objetos de culto, como almacén de fetiches eróticos, fuentes de placer. La librería como iglesia parcialmente desacralizada y convertida en sex-shop» (en otro momento compara a la librería con un hotel). Vamos, lo que Carrión dice (no muy claramente) es que el fetiche de la librería en realidad no trasciende al «clásico de la teoría marxista». Y que eso está bien, que lo importante es gozarlas, como un turista (en el capítulo "El espectáculo debe continuar" nos habla de una de las más fotogénicas del mundo).

En el epílogo, dedicado a las librerías digitales, escribe: «Durante los primeros meses de 2013 he visto cómo un a librería casi centenaria se convertía en un McDonald's». No queda claro si tal cosa le parece bien o mal.

Esta reseña de Librerías (Anagrama, 2013) apareció en La Tempestad 95 (marzo-abril de 2014).

Thursday, March 27, 2014

No eres un geek, eres un consumidor

Tengo que aclarar algo. Tendrán que disculpar la anécdota personal: hace poco, después de la última jornada de la semana, mi novia y yo terminamos en casa de unos amigos, donde estuve platicando sobre Grand Theft Auto (la edición más reciente, que no he jugado), el avance que se filtró de la nueva película de Godzilla (que dirigirá Gareth Edwars, quien estuvo a cargo de Monsters, de 2010), unos cuentos de ciencia ficción que escribió un amigo, algunas series de televisión y Y: The Last Man, el cómic de Brian K. Vaughan (2002-2008). Creo que fue una buena noche. Hubo alcohol, música y una buena conversación. Pero, lo que quiero aclarar, es que no soy un geek. Obviamente, he jugado videojuegos, leo cómics, veo películas de ciencia ficción, incluso de fantasía: pero no exclusivamente. Creo que estos productos culturales son atractivos y placenteros. No creo que sean grandes obras de arte pero sí buenos ejercicios narrativos. Sospecho, incluso, que se trata de una condición común: muchos miembros de la burguesía podríamos conceder, ocasionalmente, estar interesados en productos que bien podrían ser mercantilizados como geeks, o nerds, o ñoños (Game of Thrones, Black Mirror o cualquier película de zombis, por ejemplo). Pero casi nadie estaría dispuesto a reconocer que los intereses de dichas personas se reducen a estos productos: seguramente varios de los espectadores que asisten a las funciones donde se proyectan películas de superhéroes durante los veranos también practican deporte o muestran entusiasmo por la cocina o los automóviles o cualquier otra cosa que no puede ser catalogada como geek (aunque he visto mutaciones extrañas donde las personas se autodenominan “geeks de la cocina” o “foodies” y otras etiquetas poco útiles).

¿Qué es, entonces, lo geek? ¿Existen estas personas? ¿O se trata sólo de instancias en donde uno es y consume productos geeks? Hay, a todas luces, una confusión: la etiqueta funciona como un conducto, muchas veces venenoso, entre lo auténticamente geek y el mercado. Es venenoso porque estos productos de entretenimiento (incluyendo la tecnología relativamente barata, los llamados “gadgets”, que ahora se venden como aditamentos de un estilo de vida) terminan por volver inocentes o consumibles las creaciones que provienen de un ñoño (que, vamos, no es otra cosa que un tecnócrata: un tipo de científico, como un ingeniero en sistemas o un cierto tipo de académico; en fin, personas como el Unabomber). Aunque uno puede afirmar, campechanamente, que posee gustos geeks, también podría sostener que no es un geek. Es la misma lógica, claro, que gira en torno a la etiqueta “hipster”, que hoy refiere a las personas que consumen cultura, con cierto esnobismo o distancia irónica, sin crearla (administrar cultura no es producirla, evidentemente) y que fungen también como un conducto venenoso entre las clases bajas de las que explotan su apariencia (las gorras de camionero, los bigotes de actor porno de los setenta, el trabajador del muelle o el leñador, el artista maldito…) y el mercado.

La etiquetita, así, no sólo sirve para designar un nicho de mercado sino para hacernos olvidar, ¿accidentalmente?, que los ingenieros computacionales que desarrollaron ciertos medios de comunicación o que hoy dirigen la forma en que se administra la economía no son personas cuyas ineptitudes sociales las vuelvan graciosas y tiernas (como a los intolerables personajes de Big Bang Theory) sino peligrosos agentes del capital informático.

Este texto fue publicado originalmente en la edición 55 de Picnic.

Thursday, March 20, 2014

En un rincón del mundo


Claire regresa a Saint-Énogat (Bretaña) para reencontrar a su gran amor, Simon. La geografía está marcada por landas, marismas y playas: un paisaje salvaje, de una violencia contenida. Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, 1948) pone atención a la flora y la fauna de la región: las gaviotas, las garzas, los cormoranes, los bogavantes; el albercoque, el telefio amarillo, la borraja, el escaramujo, las alheñas; las festuca roja, las aulagas, el armuelle. Nos recuerda presencias más viejas que lo humano, que tal vez no le sobrevivirán (se insiste, como si se hablara de un loco, que Simon, alcalde de la localidad, fue un ecologista).

Las solidaridades misteriosas (2011; traducción del francés de Ignacio Vidal–Folch) está dividida en cinco secciones: "Claire", "Simon", "Paul" (el hermano de Claire), "Juliette" (la hija de Claire) y "Voces en la landa", una serie de testimonos de personajes secundarios sobre el recuerdo que tienen de Claire y lo que ocurrió al final de su vida. Ninguno de los capítulos se titula "Señora Ladon", a pesar de la importancia que el personaje tiene para la novela: es la antigua maestra de piano de Claire que, a su muerte, le hereda la propiedad que le permitirá pasar el resto de su vida en la región. Se trata del personaje más novelístico: la vieja bondadosa que protege a la heroína (sus auténticos familiares se preguntan por la misteriosa solidaridad que mostró hacia su alumna). Pero ¿es esto una distracción? ¿A qué misteriosas solidaridades refiere el título? ¿A la de Claire y Simon? ¿A la de Juliette y Claire? ¿Paul y Claire? Jean, explícito: «Ni el hermano ni la hermana querían examinar nada de lo que el otro hubiera hecho en el curso de sus trabajos, matrimonios, renuncias, divorcios. [...] El sentimiento que reinaba entre ellos dos no era amor. Tampoco era una especie de perdón automático. Era una solidaridad misteriosa».

Desde luego, la solidaridad misteriosa explorada en esta novela es la que se ha pactado, frágilmente, entre el hombre y la naturaleza. Claire como un personaje salvaje, Paul como un postneurótico, uno de esos "hombres perdidos", de los que Quignard habla en Las sombras errantes (2002). Paul: «Descubrí que estaba más perdido de lo que ella hubiera podido estarlo. De repente se extinguió en mí la pasión por el dinero. [...] Pero no sólo fue la crisis financiera lo que me impulsó a dejar mis negocios en París, ni lo que me incitó a vender mi departamento de la calle Des Arènes, porque la atracción que yo sentía por el cine, por los restaurantes, por los bares, por las veladas, por las discotecas, por los amigos, por los cuerpos de los amigos, también naufragó».

Una bella novela sobre la felicidad que puede encontrarse lejos de lo humano.

Esta reseña de Las solidaridades misteriosas de Pascal Quignard apareció en La Tempestad 94, enero–febrero 2014.

Wednesday, January 15, 2014

Tiempos de dificultad verbal



Primero, el disparate: una ciudad es habitada por entes gelatinosos (son burócratas), pero también por humanos (comen insectos); el cielo es cruzado a veces por dos soles, incluso por siete lunas (son artificiales); a un río pastoso –el único que queda en la Tierra– lo recorre un barco de dimensiones desconocidas. Existen también aves mecánicas: son caras. Guerras falsas: nos resultan familiares. Y los personajes se comunican entre sí principalmente a través de memorandos y llamadas telefónicas. Como la mirada que se acostumbra a una habitación oscura, pronto dejamos las particularidades del mundo creado por David Ohle (Nuevas Orleans, 1941) para descubrir que Motorman (1972), su primera novela, a pesar de situarse en un "tiempo de dificultad verbal", es más o menos convencional. Estamos ante una sátira política (el fantasma de Vietnam...), una narración animada por un tópico literario: la pérdida.

La trama gira en torno a Moldenke, quien es una especie de funcionario, un pseudocientífico y un veterano de una falsa guerra. Ohle, podría pensarse, cede de esa forma ante la exigencia del lector acostumbrado a seguir las desventuras de un personaje. Aún así, el disparate vuelve pronto para desestabilizar la lectura: los problemas de Moldenke están generalmente relacionados con su salud (tiene más de un corazón; se detienen alternadamente, como motores de una aeronave). En la falsa guerra, además, entregó a su patria (los EEUU) una fractura menor (el proceso es completamente burocrático, una de las escenas más logradas de la novela) y, al descubrir que eso no impresionó a sus superiores, también ofreció algunos de sus sentimientos. Hasta ahí, insisto, se encuentran las concesiones: la mayor parte del tiempo el lector se ve obligado a deducir la trama a partir de retazos, fragmentos de conversaciones, memorandos, hipnóticos reportes metereológicos (se comprende que Moldenke deja su departamento para encontrar a su amigo, el Doctor Burnheart –una figura que a ratos evoca al Mago de Oz– que vive en las marismas, fuera de la ciudad; pero, claro, se le persigue: el omnisciente Bunce –una alegoría del poder estatal– lo monitorea).

Motorman es testimonio de una época en la que aún se escribía ciencia ficción imaginativamente, con un brío utópico, contestatario (¿tal vez ingenuo?). Tendría que verse cómo ha evolucionado la imaginación de Ohle: esta novela es la primera parte de una especie de trilogía (ocurre en el mismo universo –un recurso que evoca el Yoknapatawpha faulkneriano– pero no necesariamente el mismo tiempo), a la que siguen The Age of Sinatra (2004) y The Pisstown Chaos (2008).

Esta reseña de Motorman apareció en La Tempestad 93, noviembre-diciembre de 2013.